Crear un personaje no comienza con una idea clara ni con un diseño perfecto. En mi caso, todo inicia con un gesto sencillo: un trazo libre, casi instintivo, que poco a poco empieza a transformarse en una posibilidad. A veces es la forma de una nariz, otras una postura tímida o una sonrisa que aparece sin que yo la planee. Ese primer trazo es como una semilla que me obliga a preguntarme: ¿quién es esta persona?, ¿qué le preocupa?, ¿qué lo hace reír?
Cuando empiezo a construirlo, pienso en cómo se movería, cómo hablaría o qué historia podría cargar en los bolsillos. Allí es donde realmente nace su personalidad. Algunos personajes vienen cargados de ternura y nostalgia; otros tienen un aire travieso que pide escenas llenas de movimiento. Cada detalle —desde los zapatos hasta la textura del cabello— narra algo.
El desenlace llega cuando, sin darme cuenta, el personaje empieza a tomar decisiones por mí: me “pide” el color de su camiseta, la expresión que quiere mostrar y hasta el entorno donde se siente más cómodo. Y ahí, cuando lo observo terminado, descubro que ya no es un dibujo: es alguien con historia propia.
Ese es el momento en el que la ilustración deja de ser mía y comienza a pertenecer al lector.