Muchos piensan que ilustrar es simplemente “dibujar bonito”, pero detrás de cada pieza hay un proceso que mezcla técnica, sensibilidad y mucha observación. Todo inicia con un boceto rápido, donde capturo la idea principal sin preocuparme por la estética. Es un dibujo caótico, lleno de líneas que van y vienen, pero necesario para definir composición, personajes y movimiento.
Luego llega la etapa del refinado. Aquí selecciono los elementos esenciales, limpio el trazo y comienzo a construir la intención final: qué quiere comunicar la escena, qué emoción domina, cómo dialogan los personajes entre sí. Esta parte del proceso requiere tiempo y paciencia, porque cada ajuste define la fuerza narrativa de la ilustración.
Finalmente, paso al color, una de mis fases favoritas. Definir la paleta es un acto emocional, casi musical: selecciono tonos que transmitan calidez, luz o tensión, dependiendo del proyecto. Cuando agrego las últimas sombras y texturas, la obra cobra vida.
El desenlace ocurre cuando veo la ilustración completa y entiendo que cada etapa, incluso la más torpe e imperfecta, fue necesaria. Es ahí donde comprendo que ilustrar no es solo un oficio: es un viaje lleno de decisiones pequeñas que terminan construyendo un universo entero.